Tras el malestar del día anterior, durante cuya tarde la pase en casa destemplado y con molestias, comencé a replantearme si salir el domingo. Las previsiones empeoraban, con bajada fuerte de temperaturas. oleaje superior a los 4 metros y fuertes vientos. Todo apuntaba a quedarme en casa descansando, y eso hubiera sido lo lógico, pero aún así me resistía a volverme a Madrid sin haber disfrutado un día más de la soledad sobre mi kayak en el cantábrico.
Sobre las 6:30 de la mañana, me levanto, aunque llevaba varias horas inquieto y despierto. La cabeza parece haber dado un descanso, y la ilusión puede contra la razón. ¡ Qué narices voy a pescar !
Tras 20 minutos de coche, llego al Arbeyal...¡Un frio de narices! Me abrigo, y preparo el kayak y los aparejos. Esta vez mi idea es probar a fondo, para evitar palear demasiado y sobrecargar el cuello.
Arco Iris sobre el Musel.
A oscuras comienzo a palear, con una lluvia intermitente que me acompañará en toda la jornada mañanera.
Mientras llego a la zona elegida, largo unos raglous con un señuelo de profundidad...nada de nada, además en esta ocasión el Musel no me ofrece un amparo total a los elementos, y el fuerte viento levanta un oleaje incómodo al paleo. Pronto me encuentro frente a uno de los espigones donde decido probar a fondo, pero el viento no me concede la tregua que yo esperaba, y al no haber traído el ancla de capa ni el rezón, la tarea se me va a mostrar casi imposible.
Arco Iris de fondo.
De cebo utilizo langostino, pero este estaba demasiado blando y al ser un inexperto con mayusculas en esta modalidad, no lo llevaba licrado, por lo que me duraba sobre el anzuelo un suspiro...de vez en cuando notaba las pequeñas picadas de la morralla, pero nada, salvo alguna picada fuerte, que tras una corta pugna, dio como resultado unos anzuelos más limpios que cuando los saqué de la caja.
Puesto que mantener la posición era harto difícil, decido dejarlo, y probar a curri por la zona cercana al acuario. De camino, mi retina divisa tras de mi l nacimiento del Arco Iris sobre la zona portuaria del Musel, entre gruas y edificios y hierros, la belleza efímera se hace patente, primero timidamente, para posteriormente crear un puente de unión entre la tierra, el cielo y el mar.
Punta Santa Catalina y Cimadevilla (Gijón)
Solo esta visión hizo que me mereciera la pena el esfuerzo de madrugar, y pasar frio. Esto es lo bonito de la vida, que nunca sabemos que nos espera a la vuelta de la esquina, y en un instante, un día gris puede tornarse colorido y alegre.